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Madrid me emborracha

Bacanal castiza

martes, febrero 10

He aquí el investigador de este blog con otra recherche sociológica sobre esa criatura tan extraña, el ser humano. En este caso se trata de una investigación sobre una de las costumbres más antiguas, la de la bacanal.

Representación arquetípica de una buena bacanal romana.
No se tenía que haber comido la caracola.

Una bacanal no es cualquier orgía. Además tiene que haber desenfreno y locura en cantidades consecuentes. Se cuenta que Baco llegó del este con una nueva religión, uno de cuyos misterios era una fiesta totalmente desparramada, máximo exponente del despiporre en aquellos tiempos. De hecho, la fiesta llegaba a salirse tanto de madre que llegaba a ser peligrosa. Encontrarse con las bacantes sin estar en la bacanal suponía que hiciesen con uno lo que les viniese en gana. Si alguien está pensando en que se tiene que parecer mucho a encontrarse con un autobús lleno de británicas en estado etílico celebrando una despedida de soltera se estará acercando al concepto, pero hay que pensar que mucha gente acababa esas noches visitando el Erebo. Y si alguien se está imaginando a Baco como una especie de Pocholo místico, tampoco va muy desencaminado.
Dejando a parte tonterías, las bacanales fueron perseguidas por los muy serios señores del senado romano, y finalmente finiquitadas por la sagrada iglesia catolica, y sustituidas por el carnaval. Lo que se había hecho era restringir al máximo la farra bacanal y sustituirla por una fiesta de inversión, en la que se podía dar la vuelta al orden social establecido, aunque, eso sí, solo una vez al año, bien lejos de los gobernantes y bajo el ojo de la policía (¿os suena de algo? ¿2 de Mayo?)

Bacanal mucho más divertida que la anterior. Mirad cómo se frotan los puercos.

Lector, si has llegado hasta aquí, te agradezco tu paciencia... veamos lo que sucede en Madrid.
Más allá del carnaval y el día de noche vieja, festividades oficiales, y por lo tanto no-báquicas, se ha ido produciendo un extraño fenómeno los últimos años. La gente va a la Puerta del Sol el día 30 de diciembre y hace... lo que hace. Lo más parecido que he visto nunca a una verdadera bacanal.
¿Cuánta gente había? Oí que más de un millón de personas. Todas ellas frotándose las unas contra las otras. Mucho. Y muy ebrias. Cuando intentamos entrar miré hacia atrás y les dije a mis compinches: "genial, vamos a frotar la cebolleta". Me miraron como a un loco.

Entiendase la esencia de todo esto: el desparrame.

¿Cuál era el motivo de esta insensatez? Eso es lo mejor de todo: no lo había. No era una fecha marcada, no era nada, la gente lo hacía PORQUE SÍ. Había espíritu de bacanal. La gente estaba ahí siguiendo una especie de creencia religiosa, la de emborracharse, y punto. Como no era una fecha oficial, lo que se estaba haciendo no era del todo lícito, pero la fuerza de la masa había hecho que la policía aceptara el hecho, y colaborara... Lo único que impedía era pasar a la Puerta del Sol con bebidas embotelladas o enlatadas, cosa que yo hice, porque había tanta gente que nisiquiera era posible parar a los que entraban o los que salían, ya que íbamos arrastrados por el poder del tumulto. Era la abolición del individuo y la colectivización del espíritu.

A todos nos suceden cosas así.

Antes habíamos estado tomando unas cervezas en Callao (que hasta ahí llegaba la cosa), y justo con las campanadas, que por cierto no fuimos capaces de escuchar, estábamos tratando de entrar en Sol. Cierto que ese momento lo pasamos un poco mal, porque había demasiada gente, pero a los diez minutos, cuando eso se empezaba a vaciar, encontramos un metro cuadrado al lado de la heladería Palazzo y allí nos hicimos fuertes. Fue en aquel momento cuando me di cuenta de que estábamos en una bacanal. No era solo el alcohol; el estar con tantísima gente, donde todo el mundo tenía una sola intención, la de emborracharse, creaba una especie de energía que me llamaba a la farra. ¡Evohé!

Era... inevitable...

Por desgracia, creo que era el único de los drugos al que le afectó la situación de esa manera. Los demás estaban jodidos por haber tenido que restregarse con la multitud, además de un poco molestos por la cantidad de líquidos desconocidos que nos habían echado desde las ventanas y la espuma de bote con la que nos había duchado un cachondo.
Allí nos vemos...

Publicado por n.S. en 10:37 0 comentarios  

Etiquetas: Locura

"No se adecúa al perfil que estamos buscando"

miércoles, febrero 4

Dos sitios totalmente diferentes, pero con una similitud: no es lo que pretendemos encontrar cuando salimos buscando cerveza.


Free Way


El local está bastante bien, es espacioso, agradable y relativamente cómodo. La música gustará a la mayoría de los que salen por la zona en la que está (imagino; a mí en particular no me desagradó, lo cual ya es un logro). El servicio hasta lo catalogaría de simpaticón. Probablemente los fines de semana haya gente de todo tipo. Sirven Foster´s. Todo son puntos positivos.

¿Cuál es el problema?, bueno, no es un sitio al que ir a beber cerveza a mansalva, simplemente. La pinta de Foster´s son 5 euros (cuando nos enteramos de que debíamos pagar 30 euros por 6 pintas imagino que en nuestras caras cualquiera podría leer que era algo que no esperábamos). No preguntamos por si tenían más en botella, pero de grifo sólo servían la australiana y una de las más conocidas de marca española, lo cual ya me llamó la atención desde el principio.

Y, bueno, es que a escasos metros hay un irlandés, de aspecto bastante parecido, en el que poder encontrar mayor variedad de cervezas a menor precio. Pero es otro rollo, claro. Como local prefiero este Free Way, si lo que quiero es beber cerveza mejor el irlandés.
Es un sitio al que probablemente vaya a volver (lo curioso es que nunca me había adentrado en él, no sé muy bien por qué razón), pero en un plan diferente.

Al lado de Tribunal, C/ San Vicente Ferrer nº7



El Económico

Este sí que no tiene perdón de Dios. No sé cómo cojones me dio por pasar a un sitio con ese nombre. Caro, comida mediocre, nos atendió un camarero que hizo básicamente dos cosas: comunicarnos que no tenían lo que íbamos pidiendo (ocurrió hasta con 3 platos distintos, ¡y ninguno era mínimamente extraño!, aunque supongo que sería un mal día...) e intentar burdamente que le encargásemos lo más caro de la carta, amén de mientras comíamos venir a preguntarnos directamente si queríamos más platos, o de otros pequeños detalles que por separado pasas por alto pero que todos juntos llegan a crisparte ligeramente.

La visita en la que me baso ocurrió hace unos cuantos meses, en pleno comienzo de "la crisis económica". Pues bien, cómo un lugar cuyo letrero trata de engañar a los pobres transeuntes no iba a tratar de aprovecharse de este hecho. Desconozco si permanece vigente, y lo cierto es que no tengo tanta malicia ni tanto ímpetu informativo como para apuntar exáctamente en qué consistía, pero daría mi testículo derecho a que básicamente se trataba de "Ven a cenar en el económico 4 días de la misma semana y te invitamos al quinto".
En cualquier caso, aseguro que la ofertilla tenía truco y no salía precisamente barato.

Llegamos a las 20:15 y la cocina no abría hasta las 21:00, así que hicimos tiempo a base de tercios. Ni una mísera tapa, claro. La ración más barata es la de patatas gajo, a 5.50. Como he comentado antes, bastante mediocre. Las fajitas de pollo y ternera con guacamole 8 euros, y éstas ni siquiera llegaban a la catalogación del anterior plato. Las tostas, a 3.60, tampoco eran destacables precisamente.
Tengo muy mal recuerdo de este sitio, y no volvería para comprobar si tuve un día demasiado exigente. Pero como me fío de mis impresiones, directamente lo tacho de mi lista de opciones nocturnas.

Por Lavapiés, C/ Argumosa nº9

Publicado por Dain en 22:42 3 comentarios  

Etiquetas: Bareto, Club

La Ría de Cedeira

jueves, enero 15

A colación del anterior artículo, he de decir que los aquí escribientes tenemos una marcada tendencia al nomadismo nocturno madrileño. Desde el comienzo de nuestras andaduras juergueriles y bastárdicas, es poco frecuente que, una vez nos citamos en algún lugar a alguna hora en concreto para comenzar con el despelote mental, sepamos exáctamente hacia donde dirigir nuestros cuerpos y almas. Alguno dirá que al infierno, pero eso es en esencia. Este hecho es, por una parte, una buena manera para, por ejemplo, descubrir nuevos sitios sobre los que escribir en un blog; por otra, nos ha llevado a situaciones en las que nuestro tiempo y paciencia se han perdido y desgastado respectivamente.

Pero, de tanto en tanto, que, lastimosamente, suele ser un período que comprende mayor tiempo del que a uno le gustaría, uno en sus venires y devenires por Madrid tiene la divina suerte de encontrar un nuevo lugar en que pensar que va a poder establecerse, al menos durante un tiempo, hasta que los precios suban y los servicios bajen en calidad.

La Ría de la Cedeira es un poco destacable en apariencia gallego situado entre Palos de la Frontera y Delicias. Cientos de veces habré pasado cerca de sus acogedores brazos, y nunca me había llamado la atención lo más mínimo (de hecho, generalmente nunca me había fijado en sitios gallegos por la creencia implícita de que lo más normal es que fueran de precio medio-alto, pero últimamente estoy descubriendo que es probable que estuviese equivocado). Lo que ocurre es que por circunstancias personales durante los últimos meses he regentado, no con excesiva frecuencia eso sí, una biblioteca cercana a este paraje cervecero, y que en esta biblioteca, tenía algún que otro compañero/a de fatigas, y que uno de esos compañeros de fatigas tenía la llave con la que poder vislumbrar la verdadera valía de este local.
Porque, vaya, estudiar no sé, pero beber cerveza se hace cuando se puede.

Aparentemente, un bareto más de Madrid

Aquí se viene a tomar cañas, y punto. Ni tercios, ni minis, ni jarras ni macetas, ni bidones, ni su santa madre. Que, bueno, lo que entienden aquí por caña es un vaso de tubo de cerveza. Sí, de esos en los que un conocido actor porno español no puede meter su instrumento de trabajo (segunda referencia que hago a él en este blog, por cierto; empiezo a preocuparme). Cada caña 1.30 céntimos. Cada caña, acompañada en su primera vez por dos "raciones de tapa" para cada comensal y en las sucesivas por una, también para cada ser de la mesa. De hecho, en ocasiones no es ni necesario que para recibir comida tenga uno mismo que volver a pedir otra caña; si tu compañero de fatigas termina antes, te muestra su desprecio por ello, y pide otra, es probable que con su ración de veneno líquido puedas llevarte algo más a la boca (con el consiguiente pago en dignidad).

La cerveza es Amstel. Ni apetitiva ni aversiva.
Lo que te pueden poner de rancho va desde pinchos cutrillos de fiambre (salchichón, chorizo, bacón... esas mierdecillas), a fritos cutrillos del estilo croqueta-empanadilla (de la sección de congelados que de toda la vida la madre de uno sólo le ponía cuando por cualquier motivo no le daba tiempo a hacerlas caseras; afortunadamente eran mínimas esas ocasiones), pasando por raciones de frutos secos, langostinos, mejillones y algún que otro marisco más, hasta, si uno tiene suerte, algún plato de patatas fritas (no de las industriales, de la de freidora) con albóndigacas (de las de lata mala, que tienen más grasas que hidratos y proteínas juntos), chistorraca, morcillaca, picadillaco o similaracos.
Es obvio que destaca más la cantidad que la calidad, pero se agradece. Vamos, hablando de manera relajada, que acabas como una puta bola.
De entre los extras a las simples cañas, mencionar el que por 4 de estos vasos del averno se pueda acceder a una especie de oferta realmente innecesaria salvo para aquel que hace de la gula un arte: una bandeja de considerable tamaño de patatas acompañadas de una de las múltiples opciones que ofrece la carta. Bebida y comida juntas 9 euros. Digo lo de innecesario porque sólo con lo de las cañas uno se alimenta de sobra.

Y que no nos paguen por hacer estos esfuerzos...

Destacar también a la camarera del local. Lo cierto es que es muy maja, incluso cariñosa, pero también lo es que tiene una excesiva tendencia a la invasión del espacio personal. Vamos, que como te descuides te pone la mano en el hombro, lo cual no a todo el mundo agrada. A mí no, desde luego.

C/ Vizcaya nº8. Como referencia espacial, tomando como base la calle Delicias, se encuentra en la perpendicular situada enfrente del sex-shop que andará por el número 80-90. Por sus luces de neón lo encontraréis.

Lo dicho antes, ¡es que no llama nada la atención!

Nota: cierra los sábados.

Publicado por Dain en 16:26 8 comentarios  

Etiquetas: Bar, Comidaza

La Cerveza, (des)motor de la humanidad

miércoles, enero 7

Coloco este artículo, que mi hermano con gran acierto nos ha mandado, acerca de una hipótesis interesante sobre por qué dejamos de ir hace miles de años de paraje en paraje buscándonos la vida, de mejor o peor manera según lo macho que uno fuera, y lo cambiamos por la decisión de hacer permanecer a nuestro culos inquietos reposando en un mismo estercolero durante años que luego podrían heredar los hijos de uno, de mejor o peor manera según lo macho que uno fuera.

También me hace reflexionar sobre las ideas que llevaron a los autores de este blog a, oh sorpresa, fabricar nuestra propia cerveza.
He aquí:

El ser humano se volvió sedentario para fabricar cerveza y emborracharse

El hombre no abandonó la vida nómada para cultivar el campo, sino para beber cerveza y embriagarse. Esta es la versión de los hechos que defiende el biólogo e historiador alemán Josef H. Reichholf, de la Universidad Técnica de Múnich. En su libro «Por qué los hombres se volvieron sedentarios», presentado ayer, el catedrático califica la teoría clásica como «totalmente errónea», ya que «el cultivo de plantas no trajo consigo ninguna ventaja sobresaliente para la supervivencia».

El experto sí admite que los primeros asentamientos humanos se dieron en Oriente Medio, pero considera que la caza era abundante en la región y, por lo tanto, no se precisaba de la agricultura. En su opinión, aquellos cultivos no otorgaban «garantías de subsistencia», además de ser «unas prácticas demasiado laboriosas». En este sentido, el alemán sostiene que el hombre del Neolítico continuó cazando para alimentarse y que no comenzó a trabajar la tierra por necesidad.

«De hecho, yo afirmo que la agricultura surgió de una situación de abundancia», dice Reichholf, que estima que el hombre «no comenzó a cultivar cereales para alimentarse», sino para «fabricar cerveza para su fermentación». Asimismo asegura que la humanidad siempre ha sentido la necesidad de alcanzar estados de embriaguez con drogas naturales que «transmiten la sensación de trascendencia, de abandono del propio cuerpo». También subraya la importancia de los chamanes, líderes espirituales de la tribu que conocían los efectos de las drogas y las empleaban habitualmente en rituales religiosos. La cerveza habría servido, según la teoría del muniqués, para fomentar el sentido de unidad entre los miembros de la comunidad mientras los cazadores aportaban el alimento. La fermentación de los alimentos tampoco se aprendió de forma espontánea: «La humanidad ya conocía esta técnica, empleada anteriormente para fermentar la uva y obtener vino de ella».


El original (sí, es del abc): http://www.abc.es/20080910/nacional-sociedad/humano-volvio-sedentario-para-20080910.html

Publicado por Dain en 11:42 0 comentarios  

Etiquetas: Otros

Una temporada en el infierno

lunes, diciembre 22

"Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones."

Arthur Rimbaud, Une saison en enfer.

Si algún día la bastardía os afligue de tamaña forma que el mundo deja de carecer sentido y queréis pasar a una vida mejor, a un mundo sin demasiada entropía ni moral burguesoborracha... os deseo buena suerte. Si por otro lado, lo vuestro es la infamia, las malas maneras, la mentira inconsecuente y la sodomía intelectual, entonces leed lo que sigue, puesto que habéis encontrado la horma de vuestro zapato.

Los zombis invaden periódicamente el Lozan

A veces el continuo espacio tiempo se dobla para traer a nuestro inocente plano un cachito del abismo infernal. En este caso, este fragmento del Orco se llama Lozano. Sus dueños (presumiblemente Lucifer) han puesto una caja de cartón, puro atrezo, que recuerda bastante a un aire acondicionado, y que tapa la última letra del letrero nominal, en el que se lee "Lozan". Decadencia, miseria, colapso de la cultura judeocristiana.

La vaquita de la plancha,
único ser cándido de este paraje.

Allí llegamos, no piensen ustedes que por primera vez, después de tomarnos unas cervecitas en un sitio cuya decencia era cuestionable; la del Lozano no se puede cuestionar. Quizás cuando en su letrero se leía el nombre completo, sí. Ahora ya no le queda ni el más recóndito vestigio.
Su especialidad es la cervezaca, las patatacas y las hamburguesacas. Sus maneras son sutiles en lo burdo, delicadas en lo antihigiénico, esquisitas en el mal gusto. El olor uno se lo lleva pegado, no solo cuando sale, sino varios días después, como si del estigma cainita se tratase.

Aquí se ve el local en su plenitud.
No es demasiado grande, lo que salva a la humanidad.

Pues bien, ese sitio de perdición nos endujo a un estado enajenado del alma, y nuestras buenas intenciones pronto se trocaron en un ejemplo más de bastardía terrenal. Minis de cerveza en tiempo record, miradas lascivas a las parroquianas, estupideces supinas por doquier. Sí, amigos míos, el olor no es lo único que se le pega a uno en ese sitio, sino que la bastardía se cuela dentro de nuestros seres por simple ósmosis.

Encuentro casual del que escribe con las locales.

Pero esta no se va con una ducha, de hecho, la idea es que no se vaya. La bastardía es mala, pero es lo que nos gusta a nosotros. Un sitio indigno, a nuestra medida, que nos viene como un guante.
La dignidad es para las abuelitas con bastón, y allí no vi a ninguna.
Este sitio todo lo corrompe: los propósitos de año nuevo, las buenas intenciones, la acción cívica del día. Nada queda de todo eso cuando uno entra aquí y se come una hamburguesaca. Nada queda, excepto una incómoda pátina de grasa en el cielo de la boca y una sensación de indeleble corrupción.

Tanta bastardía impide todo tránsito de escaleras.

Eso es todo, amigos míos, hermanos en el pecado. Si queréis ir, a riesgo vuestro, este sitio está en una de esas roñosas calles que salen de la Plaza del Grial (curiosa ironía).
Es recomendable acudir con una hostia mojada en sangre de virgen, consagrada en un pentáculo impío frente a un macho cabrío negro.

Publicado por n.S. en 14:11 3 comentarios  

Etiquetas: Bareto, Comidaza

Pequeño Flandes

domingo, diciembre 21

Por la zona podría llamarse "pequeño Cochabamba", pero su surtido cervecero es más que digno para la zona. "El pequeño Flandes" debe su nombre a lo pintoresco del dueño y a que da lo que promete: cervezas buenas sin tener que ir al centro.

En nuestra bienamada capital es muy frecuente que la calidad de los sitios venga determinada por su situación geográfica. O lo que creemos que es calidad. Un giri nunca bajaría más al sur de Embajadores y mucho menos buscando sangría mala y cara. De la misma manera, a mis queridos co-bloggers y yo nunca se nos hubiese pasado por la cabeza no subir del castizo Portillo buscando algo más que cerveza masiva y de mala calidad.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando un día vagando por la calle Cáceres descubrimos este sitio tan pintoresco. Resulta que hay vida más allá del centro o de Argüelles. Y si uno quiere pasar un rato tranquilo degustando buena cerveza y conversación, encuentra algo más que tascas de viejos que juegan al dominó, en el barrio de Arganzuela.

Si habéis leido algo sobre La cervería Europa pensad que este lugar es su hermano pequeño. No tiene tantas variedades de cerveza, ni te ponen tapas buenas ni está tan céntrico. Los precios son más o menos los mismos y ofrece un plan resultón si estás por la zona. La decoración del lugar está algo recargada (hace honor a algunas zonas de Flandes) y las tapas, como dije, no son gran cosa. Pero al loro con las ofertas porque pueden dejarte un buen sabor de bolsillo, además de de boca.

Conclusión: en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, y este sitio tiene un ojo y otro medio, de cristal. A mi personalmente me gusta bastante pese a que a ciertas horas siempre está lleno. Está al final de la c/Cáceres, llegando al Pº de Sta María de la Cabeza. Es un lugar pequeño y acogedor donde pasar una buena tarde o usarse como lanzadera para planes más gañanescos ya en el centro. Si la economía lo permite. Lo dicho, no dejéis de ir.

Publicado por Jose Rodríguez en 16:48 1 comentarios  

Etiquetas: Bar, Cerveza

La Cervecería

sábado, diciembre 20

No, el título no hace referencia a algún lugar recóndito que hayamos encontrado al que hayamos decidido elevar a las alturas adjudicándole el título divino y preponderante de "La Cervecería". Nada más lejos de la realidad.

De hecho, es simplemente el poco original nombre del local con el que en algún día pasado su dueño decidió bautizar a este pequeño antro situado enfrente de la conocida zona de los bajos de Argüelles. Y bueno, llamar La Cervecería a un sitio que sólo sirve Amstel (y me suena que tercios de Heineken, que tampoco lo sé muy bien, y tampoco importa demasiado, ya que de cerveza tiene poco; también hay un cartelito a neones de Mahou, pero yo no he visto que la sirvan) es un tanto ofensivo para establecimientos especializados realmente en servir esta bebida. Quizá hubiera sido más adecuado algo como "El Bareto" o "La Tasca", nombres por otro lado bastante menos comerciales.

Pero no importa demasiado. Cuando en alguna de nuestras noches locas decidimos pasarnos por este antro, no es buscando deleitar nuestros gaznates con brebajes importados. Si por algo destaca La Cervecería es por sus hamburguesas. De acuerdo, no son maravillas. Pan, con carne recién hecha, con lechuga y algo de cebolla. El ketchup y la mostaza son de fácil acceso, se van pasando de comensal a comensal como si de sangre de Cristo habláramos. La salsa barbacoa según el "barón de la birraca" es más difícil de conseguir, y son pocos los elegidos para que el propio camarero te eche un poco de esta sustancia en tu afortunada porción de alimento.


Juro que intentamos hacer la foto cuando estaban enteras...

En cualquier caso, se agradece que por 4 euros te puedas trincar 3 de éstas tras haber estado gañaneando por las calles de nuestro querido Madrid. Obligatorio el acompañarlas al menos por un par de minis de cerveza, que son 7 euros, pese a ser uno de los sitios donde más reticencia muestro a beber por el mal sabor del líquido.
La cerveza es realmente horrenda. También ponen 2 minis de calimocho por 6.30, pero aún estando horrible, prefiero mi líquido dorado.

El sitio en sí, bueno, lo más seguro es que uno no se pueda sentar, suelen poner el deporte que haya en ese momento (con el consiguiente griterio "mastuercil" obligado), huele todo el rato a carnaza haciéndose en la parrilla (lo cual, si te gusta está muy bien, porque así la mañana siguiente podrás rememorar el ambiente del local aspirando tu propia ropa interior), por su situación la clientela es de lo más variopinta (ni buena ni mala, muy variada) y el baño es horripilante.



¿He dicho ya que venden carne y cerveza baratas? Pues eso, no se puede ir con la idea equivocada de buscar algo más, y ni siquiera que ambas cosas (o una de ellas) sea mínimamente decente. Aunque, bueno, según este cartelito que tienen colgado, también venden bocadillos:



No sabemos quién lo dibujaría ni con qué fin, pero es de lo más destacado del antro. Acojonante. Si alguien prueba alguno que lo comente y así nos lo ahorra a nosotros, pero imagino que estarán a la altura de las hamburguesas, esto es, grotescamente ricas e insanas.

La calle me resulta imposible encontrarla buscando en internet (probad a meter en google o en páginas especializadas en bares "la cervecería" y a ver qué os sale a vosotros, porque a mí en los 5 minutos que le he dedicado me ha resultado imposible), así que ya la pondré cuando me vuelva a encontrar en un estado lo suficientemente subhumano como para dejar que me vuelvan a llevar aquí. Eso sí, es fácil de encontrar (como ya he dicho, enfrente de los bajos de Argüelles). Suerte.


Una cucada de sitio

Publicado por Dain en 14:06 0 comentarios  

Etiquetas: Bareto, Comidaza

La Felicidad, crónica de un despiporre mujeril

miércoles, noviembre 26

Contextualicemos al lector.

Meses y meses de asistencia a una academia especializada en oposiciones MIR, PIR, FIR, BIR, DIR... X_IR, en definitiva.
25 mujeres, varias de ellas asegurando que ya no se acordaban de lo que era ir de cañas.
3 hombres. Sí, ellos sí que se acordaban de ese tipo de cosas.
Desafortunadamente, aunque sólo hasta cierto punto, la historia no trata acerca de una proeza sin parangón en aquellos hombres que no gocen de un aspecto simiesco y un rabo caballuno cuyo apellido rime con ojal. Nada más lejos. Recordaré aquí el principal tipo de artículos que los otros dos muchachos (que en esta ocasión no me acompañaron en esta aventura) y yo escribimos en este blog: cerveza en sitios cutres.

La Felicidad. Qué de cosas se me pasaron por la cabeza al oír que éste era el nombre del local donde "celebrar" el final de las clases. El selector de tan selecto sitio dio contundentes argumentos para que ésta fuera la decisión final: "se come y se bebe mucho por poco dinero". A mí con eso me bastaba. Ya me había ganado para la causa. Hubiera asesinado a aquel o aquella que hubiera propuesto un sitio tipo "Pizza Jardín" o aquel de los teléfonos que aborrezco. Yo ya estaba feliz preveyendo La Felicidad, saboreándola.

En principio, lo que a mis oídos llegó es que al ser un grupo cercano a la treintena nos reservarían toda la planta de abajo para nosotros. Finalmente no sucedió, y tuvimos que adoptar una configuración de mesas tipo pieza del Tetris que te acaba siempre dando por el ojete. No, la T no, la recta tampoco claro, el cubo siempre era útil. ¡¡¡La otra puta pieza!!! Sí, esa. Sigamos.
Bajamos las escaleras. El primer sujeto de nuestro grupo, un hombre. Tras él, 25 mujeres. Al verme a mí tras ellas, el camarero no tuvo más remedio que soltar varios exabruptos que hacían mención a los a partir de ese momento legendarios machos que atestaron aquello de tanta florecilla delicada. ¿He dicho delicada?, luego lo corrijo.

Pedimos la bebida, que la comida ya estaba encargada. Yo desconocía el proceso que se siguió, pero seguía siendo Feliz. ¿Sangría o cerveza?, a una mesa repleta de mujeres. Calculé el tiempo que tenía entre que el camarero soltó su pregunta y hasta que empezara a apuntar mediante una sencilla regla. 25 mujeres = 25 pares de senos = 25 puntos en los que aquel maravillado hombre gastaría un segundo de su vida. ¡A las trincheras!, pensé, e intenté ganar adeptas para la causa. ¡La cerveza es más sana!, con su dorado color tan mono, además, ¡la sangría es para los borrachos!, decía alguien a quien aquellas que le rodeaban le habían visto ingerir vasos y vasos de cerveza como un animal la semana anterior en otra celebración similar.

Total, que llegó una jarra al epicentro de la estructura. No tengo demasiado poder de convicción, pero me salva el ser un poco bastardo. Raudo, me apresuré a por ese recipiente con mi ansiado néctar. "Igual, si lo hago muy rápido, se piensan que soy el camarero, que retira la jarra por motivos de insalubridad". Al no ser éste el caso, tiré de otros recursos. Serví a las apenas 3 mujeres que querían ingerir lo mismo que yo, y dejé cerca, que no justo al lado, aquel monumento a la cebada.
Primer vaso, primer trago. Segundo vaso, segundo trago. No ahondaré en este punto.

La comida la iban trayendo siguiendo un complicado entramado lógico que aseguraba que en todo momento hubiese algo en la mesa que por su contenido lípico pudiese transparentar cualquier mantel, por muy de franela que fuese. Comimos croquetas, salchichas, lacón a la gallega, alitas de pollo, tortilla de patatas y... creo que no se me olvida nada más. Unos 3 platos de cada cosa me parece que traían, ¡pero ojo!, no lo sé seguro, es una estimación. Igual había más variedad o más platos de lo que he dicho o ambas, en cualquier caso, una buena cantidad de comida. Aquí va entonces la corrección a lo de flores delicadas anterior. Comer algo se convertía en una hecatombe, y más cuando uno estaba sentado en uno de los extremos de la pieza bastarda. Miraba con asombro cómo los tenedores se clavaban con fuerza en las piezas de cerámica volantes que por allí pululaban, con el consiguiente insoportable rechinar que hacía que un tipo sensible como yo acudiese a su amiga la birra con excesiva frecuencia.
Decir que también tienen espárragos a disposición de los comensales, ya que hubo a quien o no le convenció la comida o le apetecía que luego sus flujos olieran más fuerte de lo normal o simplemente como aquello se pagaba a escote ya se la picaba todo, que se pidió un plato que, ohhh, no compartió con toda la MESA sino sólamente con un par de personas.

Yo pedí otra jarra de cerveza.

La cuenta. 10,60 euros por cabeza que creo fueron finalmente 10,90 o así; pidieron una moneda de 2 euros por cada tercio aproximado de la mesa, y yo, debido a que alguien había proferido un "¡La cerveza está siempre allí!, vi adecuado ponerla entera de mi bolsillo.
Plato final por cuenta de la casa y la poca vergüenza, afortunadamente, de aquel que nos trajo a este lugar. Media botella de orujo y 3/4 de otra de pacharán para que brindáramos con un chupito por nuestra estancia en un sitio Feliz. Digamos que las botellas, no por voluntad mía, se quedaron a la altura de mis ojos tras ese primer chupito y ya no volvieron a sus casas para arropar a sus botellitas.

La Felicidad.




















Avenida Reina Victoria Nº19.
Nosotros fuimos desde la parada de metro de García Noblejas.

El resto de la fiesta no viene a cuento en esta entrada, pese a ser surrealista. ¡Jurl!

Publicado por Dain en 21:24 4 comentarios  

Etiquetas: Bareto, Comidaza

Sakura, una visita al pasado

viernes, noviembre 7

Un viernes cualquiera. Un hombre hambriento. Una pulsión contenida durante 11 meses. Una deuda con mi adolescencia.

Hete aquí que uno se encontraba deambulando sin rumbo fijo por las calles de, cómo no, Madrid. Mi estómago me avisaba de vez en cuando que lo más adecuado para ambos sería que me llevase algo a la boca. No obstante, mi frugal desayuno no había servido para otra cosa que para calmarme durante un par de horas, y ya habían pasado otras dos desde que despertara otra vez en mí una de las motivaciones básicas del ser humano, como es el comer (que completaría el conjunto junto con follar, beber y dormir).

Contemplando mis diversas opciones, iba descartando una tras otra por diferentes motivos. Desde hamburgueserías comerciales por lo grasiento del producto, a establecimientos vegetarianos por tener ansia de algo de proteína de origen animal. Y tascas, bueno, sólo me verán por ese tipo de casas acompañado de un par de colegas, y más para cervecearme que para tomar algo realmente consistente.
En estas que voy acotando mi necesidad de bocado. Hace mucho tiempo, demasiado, que no me llevaba algo de sushi a la boca. No soy yo hombre de absolutos, y por tanto no diré nunca aquello de "ésta es mi comida favorita", pero, sin duda, si me obligaran a tener que comer durante el resto de mi vida un sólo tipo de elaboración alimenticia, el sushi sería uno de los máximos candidatos a conseguir tal deshonor.

Desesperadamente necesitado de ingesta alimenticia, me encontré caminando por Sol, intuyendo a donde podía estar dirigiéndome.

Hace muchos años, a mis tiernos 14, me desvirgué en el tema de la probatura de platos japoneses. Y además por la puerta grande. Llegó la camarera y le pedí la bandeja de degustación de sushi más grande del local. Creo que fueron 3000 pesetas de la época, pero no estoy totalmente seguro de ello. Mi experiencia fue más bien desagradable, lo que iba probando no me convencía en absoluto. Ni sushi de salmón, ni de atún rojo, ni de bacalao, ni de caballa, ni de otros seres a los que mi pobre mente no acertaba poner nombre. El de pulpo y el de langostino sí recuerdo que me agradaron, pero con el de huevas de salmón casi vomito. Además, al no saber utilizar los palillos, recurrí a mis propias manos, con el consiguiente despolle de las camareras allí presentes. Tras un viaje rápido al baño, volví a mi mesa y descubrí que dos de los comensales que me acompañaban habían decidido cortar con mi sufirimiento y pedir que retiraran la bandeja. Una pena.
Luego ya aprendí a disfrutar de este tipo de comida, e incluso a utilizar los palillos de manera decente (¡orgulloso de mí estoy por poder comer arroz con ellos!).

Así que, ya que estaba por la zona, me pasé por la puerta de aquel sitio que en su día visité, decidido a redimirme por aquella mala experiencia. Cabe decir que no iba sobrado de pasta en ese momento, y que, para comer yo solo, me valía con alguno de los menús que la casa presentara.
El lugar en cuestión es este:

Lo pueden encontrar en la calle San Cristobal Nº 11, entre Sol y la Plaza Mayor.

Mis opciones, como dije, estaban restringidas en principio a los menús del día, pero acabé optando finalmente por el menú de la casa de sushi, que tampoco distaba mucho del normal de sushi. Explico:
1-El de la casa eran unos 18 euros. Incluye sopa de miso, arroz cocido o frito, dos rollitos de carne y 8 piezas de sushi (2 de salmón, 2 de atún rojo, 2 de caballa, 1 de bacalao y 1 de tortilla; perdóneseme no conocer los nombres en el idioma original).
2-El del día de sushi eran 10,5 euros. Había que elegir entre uno de los 3 entrantes antes mencionados, acompañado por 4 piezas de sushi y 4 de maki.
Así que, ansioso de sushi, y hambriento que te cagas, opté finalmente por el primero. Acompañaban todo además con un cuenco con rodajas de pepino, deduzco que para limpiar la boca entre bocado y bocado de sushi, pero esto igual es una chorrada que acabo de parir.

He de decir que no compré la botella de cerveza japonesa de la carta por miedo a que me sajaran demasiado por ella. Imagino que me hubiera costado 3 euros, y, como yo estaba ahí por la comida y no por la cerveza, me conformé con una botella de agua de lo más normalita. Tampoco pedí postre. La comida con el agua me costó 21 euros con un propinilla acorde al precio de lo servido y al servicio prestado.
Como anécdotilla, decir que nada más sentarme me acercaron una toallita perfumada con la que poder limpiar mis no del todo estériles manos. Como no me cosqué del asunto, me trajeron la comida, empecé a comer, y la retiraron. Debieron pensar que no era un cliente demasiado pulcro.

El resto de la carta, pues no lo miré demasiado, pero tenía un poco de todo. La fondue de marisco debe ser interesante, pero entre que eran más de 40 euros y que era para dos personas, ni siquiera pensé en pedirla. El típico barco de sushi también esta disponible por unos 20 euros creo recordar. Luego sopas, entremeses, arroz, fideos, maki, sashimi, tempuras y platos más normalitos para aquellos menos convencidos de las bondades del pescado crudo.
La relación calidad/precio no me convenció. Si bien no puedo quejarme de lo que comí, quedando además bien saciado, por 20 euros pueden encontrarse menús mucho mejores en locales mucho mejores. El sushi cumplía de sobra, sin ser mínimamente algo parecido a un experto me da para al menos distinguir entre "lo malo" y "lo que no es malo". Ayuda haber probado incluso el sushi del Lidl o el del Corte Inglés, ambos bazofias de gran calibre. Así pues, diría que el corte no era burdo y que el pescado parecía fresco.
El resto, ni fu ni fa. Ni el arroz ni la sopa ni los rollos supusieron un disfrute real. Rellenaron mi estómago.

Del local decir que me sorprendió que apenas había cambiado desde la última vez que estuve allí. Es más bien pequeñito, decorado de manera "tradicional", y con camareros atentos. Quizá demasiado, ya que al terminar un plato se acercaban raudos a retirártelo de la mesa.

Total, que en una escala de 0 a 10, contando para ello con todos los factores, no le pondría más de un 5.5, siendo generoso. Entré en él por lo que significaba para mí, y es muy probable que al despedirme de la mona jovencita oriental que atendía en la barra-bar lo hiciera también del local para siempre. En cualquier caso, he de ir a más japoneses a devorar menús para poder compararlo de una manera más precisa.
Sí, iría a todos y comería a la carta, pero hago esto por exploración altruista, por lo que me acabaría arruinando, ¡mamones!

Publicado por Dain en 23:35 0 comentarios  

Etiquetas: Restaurante

El Nasti

martes, noviembre 4

Nasti.
(Del inglés nasty, desaliñado, sucio)
1 - coloq. Nada, nada en absoluto. Vervigratia: nasti de plasti.
2 - coloq. poét. Cerdo, puerco, guarro. Verbigratia: Yu ar a nasti güan (eres un puercazo).

(Diccionario de las gañanadas del español actual, Real Academia Española)


Cubil de la modernidad, actual Buñolería, al que nuestras alucinadas peregrinaciones nos llevaron, guiados por un gafapastismo hiperbólico en ciernes. En el instante de entrar al Nasti se nos reveló un panorama desolador: hay gente que se lava la cabeza antes de salir, y no después, como pensábamos que era lo normal, o incluso nunca, lo que creíamos que era la tendencia de moda.
Pues sí, la gente en ese local va lavada y bien lavada, y también peinada. Es más, parece que incluso han elegido conscientemente la ropa que llevan, e incluso la han cogido de una tienda y quizás hasta hayan pagado por ella.
Ahora bien, si en los
detalles puede variar, en lo básico y fundamental las ideas se mantienen: a quien no le gusta el vino es un animal, y allí no había ninguno. Puede que el precio varíe, y que el camarero en vez de llevar el ya tradicional chaleco de chulapo descolorido y con manchas de aceite lleve una camisa con una corbata pintada y unos pantalones rotos a conciencia por un niño de vietnam, además de una beckamcresta, pero la sangre de todos los presentes es igual: roja y empapada en alcohol. El que escribe, que estaba allí y lo veía todo, aunque borroso, se arriesgaría a decir que incluso la suya fuese un poco más pura que la de alguno que por allí danzaba, y se le veía demasiado animado.
¡Oh, descomunal gente con pajarita y la camisa por fuera! Escuchad, pues resulta que además de todo eso, el Nasti esconde una metafísica.
Algunos aún se acuerdan de un tiempo pasado, en el que salir por la noche no era una actividad criminal. En ese tiempo no se sabía lo que era el toque de queda, y se podía andar por la calle o tomárse lo que uno quisiera donde uno quisiese. De esta época ancestral poco nos queda, si exceptuamos un cierto lumbago al agacharse, heredero de los porrazos que dieron los maderos en una noche excepcional en la que intentábamos emborracharnos a la luz de la luna.
Nuestros grandes jerarcas decidieron que a las tres hay que salir de los bares, coger el bus a las tres y media y a las cuatro estar en casita durmiendo la mona. Y que de bancos nada (excepto los del dinero, claro está), que hay que bebérselas todas en las terrazas.
Pero el Nasti se resiste. Le importa poco la ley. Como a mí.
El ayuntamiento le obliga a cerrar a las 3 a.m., pero han decidido que si no va la policía a cerrarlo, ellos no lo van a hacer. Ellos no se van, a ellos los echan. Y así parece que poco a poco van ganando, la policía se cansa, el ayuntamiento se olvida, y los modernos se cuecen hasta altas horas de la madrugada
Me largué de ahí a una hora indeterminada entre las 3 y las 4:30, sin policía, después de que mis amigos decidieran unilateralmente abandonarme a mi destino, me metieran un regalo en el bolsillo y diesen con la puerta. A mí me costó bastante encontrarla.
La movida aún colea.




Los modernos luchan entre ellos por la supremacía de su especie.

Publicado por n.S. en 21:19 2 comentarios  

Etiquetas: Club

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